viernes, 7 de noviembre de 2014

El maullido del gato Capitulo 1



—Conduce —gruñó el hombre de pelo oscuro mientras saltaba al coche de Jun. Éste miró. No conocía a ese hombre. Aunque le gustaría conocerlo. Olía maravillosamente. Pero no lo conocía.

—¿Cómo dice? 

—¿Mierda, estás sordo? —gritó el hombre mientras golpeaba el salpicadero. No dejaba de mirar por encima del hombro a través de la ventanilla trasera, como si revisara, buscando algo—. Dije que condujeras.

Jun parpadeó por la confusión, sin dejar de mirarlo. —¿Te conozco? —Tuvo que preguntar. No es que su memoria fuera muy buena recordando caras. Olvidaba a la gente que conocía todo el tiempo. Quizás conocía a este tipo y simplemente lo había olvidado. No sería la primera vez.

—Conduce, maldita sea.

—¿A dónde? —preguntó Jun, curiosamente, todavía se sentía un poco desconcertado de por qué un desconocido estaba sentado en su coche. Cosas como estas simplemente no le ocurrían. Les sucedían a otras personas. Ocurrían en la televisión. Ocurrían en los libros que Jun  leía. Pero no le ocurrían a él.

—No me importa, sólo conduce.

Jun volvió a parpadear antes de poner el coche en marcha. Había empezado a salir del aparcamiento del lugar en el que se encontraba cuando se dio cuenta de que el hombre no
llevaba puesto el cinturón de seguridad. Jun presionó el freno y se volvió hacia el hombre.

—¿Podrías ponerte el cinturón de seguridad por favor?

—¿Qué?

El hombre lo miró sorprendido por sus palabras, sus cejas oscuras se dispararon casi hasta el nacimiento del pelo, y Jun no lo entendía. Parecía una solicitud perfectamente razonable para él. Era ilegal montar en un coche sin el cinturón de seguridad. Todo el mundo lo sabía. Además, era peligroso.

—Por favor, ponte el cinturón de seguridad.

—No hablas en serio.

—No lo habría dicho si no hablara en serio —explicó Jun con cuidado en caso de que el hombre no entendiera sus palabras. ¿Tal vez no entiende?—. Es ilegal montar en un vehículo sin cinturón de seguridad. Es la ley del estado y no quiero una multa. 

El hombre le dio a Jun una peculiar mirada, a continuación, llevo su mano al hombro y agarró su cinturón de seguridad, tirando de él alrededor de su cuerpo y haciendo clic en su lugar. —¿Feliz? —preguntó, una ceja levantada.

—Sí, gracias. —Jun empezó a conducir de nuevo, comprobando el indicador de velocidad para asegurarse que iba al límite de la velocidad permitida, a continuación, miró a ambos lados para ver si venía algún coche—. ¿Dónde puedo llevarlo, señor... ehm...?

—Jung Min, Park Jung Min.

Jun asintió. —Es un placer conocerle, Sr. Park. Mi nombre es Kim Hyung Jun.

—Ah, sí, es un placer conocerte también, pero me llaman Min.

Jun miró al hombre, curioso por saber por qué estaba tan desconcertado por su presentación. Era educado presentarse al conocer a alguien por primera vez. Su madre se lo había enseñado.

—¿Dónde puedo llevarte, Min?

—¿Puedes conducir más rápido?

—Por supuesto que no —dijo Jun, sacudiendo la cabeza. Quiso reírse del atontado hombre, pero sabía que no habría sido cortés—. El límite de velocidad es de sólo treinta y cinco aquí. Se trata de un distrito de negocios, después de todo.

—¿Eres tonto?

—¿Tonto? —Jun miró justo a tiempo para ver a Min rodar los ojos. Las cejas de Jun se juntaron cuando frunció el ceño, mirando hacia atrás por la ventana. Tenía la sensación de que Min se estaba burlando de él. La sentía mucho.

Tal vez esa fuera una de las razones por las que no le gustaba estar rodeado de un montón de gente. 

Siempre parecían pensar que era extraño o raro, o cualquier otra cosa que quisieran llamarlo. Jun no encajaba.

—No soy tonto, señor Jung Min —dijo Jun después de tomar una profunda respiración para controlarse. No serviría de nada permitir que Min supiera cuánto lo habían irritado sus palabras—. Estaré encantado de llevarle a donde quiera ir, pero necesito que me de un destino.

Min suspiró profundamente. —Sólo déjame a unas pocas calles de aquí.

Una pequeña parte de Jun se sintió decepcionada, pero lo entendía. La mayoría de la gente que estaba a su alrededor no quería perder, ni pasar nada de tiempo en su compañía. Jun estaba acostumbrado.

Sin embargo, había algo absorbente en el extraño hombre que llamaba a Jun. Tal vez esa era razón suficiente para dejarlo en cualquier parte a la primera oportunidad. No tenía la necesidad de involucrarse con cualquiera.

Jun tarareó en voz baja mientras se dirigía al aparcamiento de una pequeña gasolinera situada a unas pocas calles de allí. Paró el coche. Apoyó las manos en el volante cuando se volvió para mirar a Jun.

—¿Está bien aquí, señor Jung Min?

Min miró a su alrededor y luego asintió agarrando la manija de la puerta. —Sí, aquí está bien. Gracias por el viaje.

—Encantado de haberlo conocido. —Jun apenas consiguió soltar las palabras antes de que el hombre se encontrara fuera del coche y cerrara la puerta. Jun lo vio de pie. Se sintió algo decepcionado, una vez que desapareció en la noche.

Le costó trabajo para controlarse y no llamarlo y ofrecerse a llevar al hombre allí a donde quisiera ir, y tal vez incluso ofrecerse para acompañarle. Se encontraba solo, y Min era la primera persona en mucho tiempo por la que se sentía atraído.

Jun sabía lo inútil que era querer algo que no podía tener. Mejor se iba a casa y se olvidaba de Jung Min. Nada bueno podía salir de su asociación. La experiencia se lo había enseñado.

Con ese pensamiento en mente, puso su coche en marcha y se metió entre el tráfico para volver a casa. Tenía muchas cosas que hacer, y probablemente más de un gato hambriento. Y Precious hacía cosas muy malas cuando tenía hambre.

Las ventanas de la fachada del apartamento de Jun parecían tristemente solitarias cuando se detuvo frente a su edificio. Pudo ver una pequeña luz encendida, pero sabía que no había nadie para darle la bienvenida. Había encendido la luz antes de que salir temprano.

Siempre lo hacía antes de irse. No sólo porque se sintiera un poco mejor haciéndolo, sino porque era menos peligroso. Una gran cantidad de accidentes ocurrían en el hogar por falta de luz. Además, accidentalmente podría pisar a Precious.

Jun subió los escalones lentamente mientras llevaba sus provisiones y su cartera de cuero por las escaleras hacia su apartamento del segundo piso. Desafortunadamente, no había ascensor en su edificio, pero días como este el ascenso le parecía aún más largo.

Precious estaba esperando a Jun mientras abría las dos cerraduras de la puerta. Maulló y se envolvió alrededor de su pierna, la cola subiendo por la pernera de su pantalón. Jun rápidamente cerró la puerta y se volvió para dejar sus alimentos en la pequeña cocina.

—Hola, Precious, te he traído algo maravilloso del trabajo. Sunhwa tenía un sándwich de pavo que no quería, y me dijo que podía llevármelo a casa para ti. Eso fue muy amable por su parte.

Precious maulló de nuevo y corrió hacia el plato de comida de color rosa. Jun sonrió cuando comenzó a sacar los alimentos de las bolsas de tela y con sumo cuidado los fue sacando de uno en uno.

—Ahora, sabes que tienes que esperar hasta que todos los alimentos estén guardados, Precious. Podría olvidar algo y luego ¿dónde estaríamos, eh?

Jun abrió un cajón de la cocina y sacó su etiquetadora. Echó un vistazo para asegurarse de que todavía había un rollo nuevo de cinta de etiquetar, después puso la fecha de hoy. Una a una, etiquetó cada caja, lata, y recipiente.

Después de poner la pistola de etiquetas en su lugar, sacó la lista de su bolsillo y la puso sobre el mostrador antes de agarrar un lápiz. Nunca usaba bolígrafo. Eran demasiado peligrosos, y permanentes. Uno por uno, fue tachando los alimentos de su lista.

Una vez que lo había hecho todo, Jun dobló la bolsa de tela y la colocó en su lugar al lado de la nevera. Después de poner la lista en la caja situada en el estante que estaba encima del cubo de la basura, colocó una nueva en la nevera para su próximo viaje de compras.

Precious maulló de nuevo, recordándole el sándwich de pavo que le había traído a casa. Caminó hacia su maletín y sacó una pequeña bolsa marrón, arrugando la nariz porque Sunhwa usara bolsas de papel para traer su almuerzo al trabajo. ¿No sabía que eso significaba un menor número de árboles? 

Debería utilizar una de esas bolsas reutilizables térmicas para el almuerzo.

Jun lo había leído en un libro.

Sacudiendo la cabeza, abrió el bocadillo y cogió varias lonchas de pavo. Los cortó cuidadosamente en pequeños trozos para que Precious se los pudiera tragar con facilidad y los dejó caer en su plato de comida.

Jun puso el sándwich de nuevo junto y lo cortó por la mitad. Envolvió una mitad y la puso en el refrigerador, después colocó el otro en un plato blanco. Jun tomó un vaso de leche y el plato y se lo llevó consigo hasta la pequeña mesa.

Antes de que pudiera olvidarse, Jun volvió a la cocina y limpió el desorden, lavó el cuchillo, limpió la encimera. Incluso plegó la bolsa de papel y la colocó en el armario de la despensa, junto con las otras que había recogido en la esperanza de devolverlas a la tienda.

El supermercado local pagaba cinco centavos de dólar por cada bolsa de papel que pudiera ser reutilizada. Jun sabía que no era una gran cantidad de dinero por bolsa, pero si sumaba lo que podría ahorrar en un año, Jun sería capaz de comprarle una nueva almohada a Precious para su cama.

A ésta le gustaría eso.

Jun  volvió a la mesa y se sentó.

Cogió una servilleta de tela y la dobló en su regazo, tomó su sándwich y le dio un mordisco. Jun hizo una mueca al masticarlo. Sunhwa no había usado mayonesa de verdad. Sin embargo, era un sándwich gratuito y los mendigos no podían elegir.

Se lo comió.

Una vez que hubo terminado de comer, se bebió su leche y se limpió la boca. Cogió sus platos y los llevó a la cocina para limpiarlos y guardarlos. La servilleta fue a la ropa sucia junto con la ropa que 
había llevado ese día.

Jun se preparaba para darse una ducha cuando oyó un golpe en la puerta. Frunció el ceño poniéndose de nuevo los pantalones. Rápidamente se puso su camisa y se dirigió a la puerta cuando los golpes se hicieron más persistentes.

—¿Quién es? —preguntó Jun.

—Jung Min.

Jun parpadeó. —¿Quién?

—Nos conocimos hace un rato —dijo la voz—. Me diste un paseo.

Jun negó mientras su corazón se aceleraba ante la breve y entretenida idea de que Jung Min pudiera estar aquí para verlo. Estaba soñando, y lo sabía.

Nadie que estuviera como ese hombre iría a verlo.

—¿Cómo puedo ayudarlo, señor Park? ¿Necesita otro paseo? —Jun no podía entender ni por su vida por qué Jung Min llamaba a su puerta. Tal vez al hombre se le había caído algo en su coche.

Eso tenía que ser.

—¿Dejó algo en mi coche?

—Por favor, abra la puerta, Jun. No me gusta hablar a través de ella.

Eso sonó como una petición razonable para él.

A la mayoría de la gente le gustaba mirar a otras personas a la cara cuando hablaban. Le puso la cadena a la puerta y la entreabrió para poder ver el rostro del hombre.

—¿Cómo puedo ayudarlo, señor Park?

—¿Puedo entrar?

Jun frunció el ceño. Supuso que era una petición razonable, sí, pero algo lo contuvo, algo como una sensación de advertencia que poco a poco se arrastró hasta su columna vertebral. Jun se estremeció al recordar que su madre decía que cuando alguien se siente así, es que está caminando por encima de su tumba. Era un dicho extraño, pero también lo era su madre.

Jun miró al apuesto hombre a través de la rajita de la puerta durante varios minutos. Por último, cerró la puerta y quitó la cadena antes de abrirla de nuevo.

—Por favor entre señor Park.

Jun dio un paso atrás y vio al hombre caminar, no se dio cuenta de lo grande que era en realidad hasta que Min llenó la puerta de entrada con su altura y anchura. Incluso tuvo que agachar un poco la cabeza para pasar a través del marco de la puerta.

Jun cerró y se volvió hacia el hombre, impresionado por su tamaño y preguntándose por qué ese hombre tan grande estaba de pie en su apartamento. Simplemente no tenía sentido. —¿Se dejó algo en mi coche, señor Park?

—Echa la cerradura a la puerta, Jun.

Éste se giró rápidamente para echar la cerradura a la puerta y después se volvió lentamente, desconcertado de por qué había reaccionado de forma tan rápida a la orden. Ni siquiera conocía al hombre, y no tenía idea de por qué se había movido con tanta rapidez para hacer lo que Min, le había dicho.

—Eres muy ordenado... ¿No es así, Jun? —dijo Min mientras miraba alrededor del pequeño apartamento. Lo hizo sonar como si encontrara alguna falta en la forma en la que él organizaba su casa.

Jun miró a su alrededor, tratando de ver lo que Min veía. Todo parecía estar en su lugar. No había platos dejados de lado en la encimera o en el fregadero. Su colección de libros estaba organizada de forma clara y en orden alfabético por autor. Incluso la pequeña colección de pájaros de porcelana de su madre, no tenía polvo y estaba bien colocada encima de la librería. Nada estaba fuera de lugar.

—La prolijidad no es una mala cosa, señor Park.

—No, supongo que no. —Min tenía una sonrisa en los labios cuando se volvió para mirarlo, pero de alguna manera no parecía que llegara a sus ojos—. ¿Puedo obtener un vaso de agua?

—Por supuesto. —Jun se apresuró a la cocina, mentalmente pateándose a sí mismo por olvidarse de sus modales. Su madre lo enseñó mejor que eso. No se sorprendería si Min pensaba que era un completo idiota.

Cogió un vaso limpio del armario y sacó el agua fría de la nevera, poniéndole al hombre un vaso. 

Puso la jarra de agua en la nevera y continuación le llevó el vaso a la sala.

Encontró a Min hojeando la colección de libros, sacando un título aquí y allá, a continuación, los volvía a colocar. Jun se encogió, cuando sacó uno, leyendo la reseña y entonces lo metió de nuevo en la estantería pero en la ranura equivocada.

—El agua, Sr. Park.

—Gracias, Jun —dijo, dándose la vuelta y tomando el vaso de agua, se bebió la mitad del mismo de un golpe.

Jun sonrió y juntó las manos detrás de su espalda, apretando los dedos juntos, mirando por encima de la estantería. Se moría de ganas de poner el libro fuera de su sitio en el lugar apropiado. Su mundo sólo estaba bien cuando estaba organizado.

—¿A qué te dedicas, Jun?

—¿Perdón? —Apartó éste la mirada de la estantería y miró a Min, dándose cuenta de que se había olvidado de la presencia del hombre. De inmediato comenzó a sentirse culpable.

Jun sabía que no estaba dando una buena impresión. Su madre estaría muy molesta.

—Te pregunté que haces para ganarte la vida —dijo Min. Hizo un gesto con su mano—. ¿Ya sabes, trabajo?

—Oh. —Jun sintió que se ruborizaba—. Soy editor de textos para SS Publishing.

—Eso suena interesante, lees todos los nuevos libros. —Min sonrió, respiró hondo y fue cuando Jun se dio cuenta de que el hombre tenía una hermosa sonrisa—. A puesto a que eres muy bueno en eso.

—Estoy bien. —Jun pensó que en su trabajo debía estar bien. Todavía lo tenía. Sabía que no era el mejor, pero tampoco era el peor. Además, no era como si ser editor de textos fuera la ambición de su vida, ni nada.

—No suena como que te guste mucho.

—Paga las facturas. —Jun se encogió de hombros—. ¿Qué hace usted, señor Park? —¿Además de saltar a los coches de extraños? Pensó Jun. Estaba fascinado con la manera en la que las cejas oscuras de Min se arquearon.

—Soy un asesino.



Continuara...................

1 comentario:

  1. Wuau ...mira que Jun si esta loco dejar entrar a un desconocido a su casa ... Bueno era Min eso si puede ser...

    Y que paso porque le dijo eso .... Asesino eso es malo nop ...

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